Inversión, 09.03.2007, S. 82
Marzo es un mes con sabor europeo. Lo tuvo hace cincuenta años cuando en Roma se firmó el Tratado que alumbró la Comunidad Econónomica Europea. Volvió a tenerlo en 1979, al presenciar el arranque del Sistema Monetario Europeo. Fue durante este mes, en 1985, cuando se culminó la trabajosa negociación del Tratado de Adhesión de España al club comunitario. En marzo del año 2000 se definió la Estratigia de Lisboa. En fin, el próximo día 25, la cumbre presidida por Angela Merkel se cerrará con una esperada Declaración de Berlín.
El 50 aniversario de aquella fecha fundacional Ilega en un momento de registros económicos que combinan luces y sombras, CESifo sobre la Economía Europea, presentado en Madrid el primer día del marzo actual. Tras años difíciles para un buen número de países de la UE, la recuperación económica se ha afirmado en el último ejercicio: un incremento del PIB del 2,9 por ciento, el más alto desde 2000 aunque quede muy lejos del aumento del PIB mundial, situado en el 5,1 por ciento. El mercado de trabajo también da muestras de recuperdo vigor, haciendo caer la tasa de paro por debajo del 8 por ciento, si bien es la escasacalidad de muchos de los nuevos empleos lo que ahora debe preocupar más. Media docena de años le han bastado al euro para ganar peso en el mercado mundial, consiguiendo el liderazgo como moneda refugio, pero la opinión favorable sobre la moneda única entre los propios europeos se ha reducido notoriamente. Alemania, la gran locomotora, cumple por primera vez en cinco años el plan de estabilidad, pero los indicadores de actividad empresarial no dibujan un panorama libre de dudas. En fin, frente a los excelentes registros de los países nordicos en lo que concierne a inversión en todos los escalones del sistema educativo y en ciencia y tecnología, los datos de de promedio que revelan el comportamiento del conjunto son ciertamente decepcionantes: en la UE-25, la inversión en I+D, expresada en porcentaje del PIB, se mantiene al nivel del año 2000, y la destinada a educación en la zona euro se ha estancado desde 1999.
Como fuere, el cincuentenario brinda la ocasión para mirar más allá del acontecer diario. Conviene, por ejemplo, leer los primeros capítulos de “Postguerra. Una historia de Europa desde 1945”, el excepcional libro de Tony Judt, para calibrar adecuadamente el inmenso avance que en términos de prosperidad material, cohesión social y defensa de los derechos humanos se ha realizado en una gran parte de todo un continente que se adentró antes en el corazón de las tinieblas. Y si no se quiere retroceder tanto en el tiempo, y se prefiere el cine a la página impresa, véase “La vida de los otros”, la película alemana a la que Hollywood acaba de premiar: del horror que ahí se da cuenta todavía no han pasado veinte años, pero hoy, en el cobijo que proporciona la ampliada Unión Europea, parece más el producto de un mal sueño que una afrentosa realidad cercana.
Europa ha conseguido todo o mucho de lo que se propusieron quienes, hace cincuenta años, refrendaron su puesta a punto. Ahora su gran problema es construir una respuesta común a los problemas de un mundo globalizado, como única alternativa a la irrelevancia, coniguiendo materializar, en suma, el hermosa deseo de ortega: “Europa es, en efecto, enjambre: muchas abjas y un solo vuelo”.
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